Cada vez vemos con más frecuencia la misma escena en casa: hermanos sentados uno junto al otro, cada uno absorto en su propia pantalla, sin mirarse ni conversar. Como psicóloga infantil, es una de las preocupaciones que más me comparten los padres en consulta, y tiene fundamento: un informe de la Organización Mundial de la Salud encontró que el uso problemático de redes sociales entre adolescentes pasó de 7% en 2018 a 11% en 2022, siendo más frecuente en niñas (13%) que en niños (9%).
Esto no significa que toda pantalla sea un peligro ni que haya que prohibir las redes sociales. Significa que, como con cualquier hábito, es importante saber distinguir un uso saludable de uno que empieza a afectar el desarrollo, el ánimo y los vínculos de un niño o adolescente. En este artículo te cuento cómo diferenciarlos, qué señales conviene observar y qué puedes hacer en casa para acompañar a tus hijos.
Uso, abuso y adicción: no es lo mismo
En psicología solemos distinguir tres niveles cuando hablamos de tecnología y redes sociales, y entender la diferencia ayuda mucho a no alarmarse de más ni restarle importancia a lo que sí lo merece:
Uso
El niño o adolescente utiliza las redes sociales de forma puntual, generalmente con un propósito (entretenerse, comunicarse, informarse), y puede dejarlas con facilidad para hacer otras actividades. No interfiere con el sueño, los estudios ni las relaciones familiares.
Abuso
El tiempo de pantalla empieza a ocupar un lugar desproporcionado. Aparecen roces por el tiempo de uso, cierta resistencia a soltar el dispositivo, y el rendimiento escolar o el descanso comienzan a verse afectados de forma intermitente, aunque todavía hay margen para poner límites.
Adicción
Hay una pérdida real de control: el niño necesita cada vez más tiempo conectado para sentirse bien, se angustia o se irrita intensamente cuando no puede acceder, y continúa con el mismo patrón de uso a pesar de que le genera problemas evidentes en el colegio, en casa o con sus amistades. En estos casos, el acompañamiento de un profesional de salud mental es clave.
"No se trata de contar las horas de pantalla, sino de observar qué está dejando de pasar en la vida del niño mientras está conectado."
Señales de alerta que conviene observar
Ningún signo aislado confirma por sí solo un problema, pero cuando varios de estos cambios aparecen juntos y se sostienen en el tiempo, vale la pena prestar atención:
Se aleja de la familia o de sus amistades, prefiere quedarse solo con el dispositivo y muestra menos interés en compartir en persona.
Le cuesta conciliar el sueño, se despierta cansado o usa el celular hasta altas horas de la noche.
Baja su atención en tareas que requieren esfuerzo sostenido, como leer, hacer la tarea o seguir instrucciones.
Reacciona con enojo, angustia o agresividad cuando se le pide dejar el dispositivo o cuando no tiene acceso a él.
Disminuye el interés por juegos imaginativos, dibujar, inventar historias u otras actividades que antes disfrutaba sin pantalla.
Aparecen cambios de ánimo, nerviosismo o episodios de tristeza que se relacionan con lo que vive en redes sociales.
Accede, aunque sea de forma accidental, a contenido que no corresponde a su edad o a conversaciones con desconocidos.
El rendimiento escolar empieza a decaer de forma notoria, con tareas incompletas o menor interés por el colegio.
Vale la pena mencionar también que el uso excesivo de pantallas por la noche —revisar notificaciones, seguir conversaciones o ver contenido hasta tarde— es una de las formas más frecuentes en que el sueño se ve afectado, y el sueño insuficiente a su vez influye en el ánimo, la atención y la irritabilidad del día siguiente.
Qué pueden hacer los padres
Ninguna de estas pautas funciona de forma aislada ni de un día para otro: lo que más ayuda es sostenerlas con constancia y coherencia entre ambos padres.
Pregúntales por lo que ven, lo que les preocupa o lo que viven sus amigos en redes. Aprovecha esas charlas para hablar de no compartir información personal con desconocidos, igual que no lo harían en la calle.
Definan horarios para el ocio, la tarea y el descanso, y acuerden que las nuevas aplicaciones se piden con permiso antes de instalarlas.
Conozcan qué aplicaciones y sitios usan, y apóyense en los controles parentales del dispositivo como una herramienta más, no como la única estrategia.
De vez en cuando, siéntate a jugar o a explorar una aplicación junto a tu hijo. Entender su experiencia en línea fortalece la confianza y te da información real.
Los niños imitan lo que ven. Mostrar un equilibrio sano entre el tiempo en pantalla y fuera de ella enseña más que cualquier regla.
El deporte, el arte, la lectura y el tiempo al aire libre siguen siendo el mejor contrapeso frente al uso excesivo de dispositivos.
Si notas que el uso de la tecnología de tu hijo está fuera de control, o que empieza a afectar su bienestar emocional, sus relaciones o su rendimiento escolar, no esperes a que la situación se agrave: buscar la orientación de un profesional de salud mental en ese momento puede marcar una gran diferencia.
¿Te preocupa el uso de pantallas o redes sociales en tu hijo?
Puedo ofrecerte orientación y estrategias concretas para abordarlo, desde un enfoque Cognitivo-Conductual y adaptado a la edad de tu hijo.
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